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Desigualdad: ¿Cómo vamos?

El auge económico que experimentó el país hasta el 2013 creó condiciones favorables para reducir la desigualdad.

Ello generó oportunidades para que millones de personas mejoren sus condiciones de vida y para la reducción de algunas dimensiones de la desigualdad en el Perú.

Sin embargo, los logros en la reducción de la desigualdad han sido limitados, pese al considerable crecimiento económico. Por ejemplo, aunque el Perú fue el segundo país de Latinoamérica con mayor crecimiento económico per cápita entre el 2000 y el 2014, apenas ocupó el puesto 16 por mejora en el Indice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, que mide los avances en esperanza de vida, escolaridad e ingreso familiar.

Los retos de la desigualdad siguen siendo inmensos en el Perú, y siguen afectando el nivel de vida de sus ciudadanos y ciudadanas.
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El caso de las hermanas Justina y Bárbara

Por: Marianella Ortiz | Foto: Carlos Ly
jueves 31 de marzo del 2016

“Cuando eres joven no te enfermas”, afirma Justina Zurita Pari (63 años). Nació en Puno, en una familia de tres niñas, y antes de cumplir 10 años fue enviada a trabajar a casas fuera de su tierra, labor que realiza hasta el día de hoy. En la madurez de su vida, le vinieron algunos ‘achaques’ y descubrió que una de sus últimas “patronas”, como la llama, nunca le pagó Essalud, pese a que existía un compromiso verbal. En esta situación, sin cobertura alguna en el sector público, menos en el privado, se inscribió en el Seguro Integral de Salud (SIS) por su carácter gratuito. Desde ahí inició su odisea de enfrentar trámites engorrosos y largas esperas que tuvieron como escenario el hospital Daniel Alcides Carrión del Callao.

Desde los 7 años, recuerda Justina, que trabaja en la actividad doméstica. Al menos ha sido empleada del hogar en 30 casas limeñas y responsable de la crianza de una decena de niños a los que atendió como si fueran suyos. Hoy vive en Ventanilla, con su única hija de 29 años. Hace más de un año le detectaron cataratas y debe operarse para no perder la visión. Luego de casi un año, la intervención está pendiente pues los trámites y citas de chequeo son todo un reto a la paciencia. Sin embargo, un incidente mayor pospuso sus planes.

El 24 de marzo del 2015, lo recuerda muy bien, su hermana Bárbara (52), soltera y sin hijos/as, se desmayó en medio de la calle. Estuvo internada como un mes en el hospital Carrión donde la inscribieron inmediatamente en el SIS. Se le detectó neurocisticercosis: parásitos alojados en su cerebro, enfermedad que nunca sabrán cómo se desarrolló en su organismo. Tras ello, la mandaron a casa a esperar la cirugía, pese a que su situación era delicada. Se inició el trajín de ir y venir al hospital, las largas esperas por una cama e incluso las súplicas para que sea atendida y operada en el hospital Chalaco.

En los últimos años, el SIS se ha vuelto la única opción para que las personas en condición de pobreza accedan a una atención gratuita. Con 16 millones de afiliados, este seguro no se da abasto. En el Perú se cuenta con 1,5 camas por cada mil habitantes[i]. Por ende, las personas inscritas en el SIS vienen a sumarse a un sistema de salud público con los mismos problemas sin resolver de años atrás. Persiste la escasa inversión del Estado en la salud de su gente. Según cifras oficiales[ii], el Perú invierte en salud (público y privado) solo el 5,3% del PBI, mientras que en países como Chile llega a 7,7% o en Brasil a 9,7%.

De eso puede dar fe Justina a través de su amarga experiencia, aún con el enfado presente. A ella la internaron una vez más y le dieron de alta porque no había fecha para la operación. La segunda vez estuvo a punto de entrar al quirófano dos veces, ya envuelta con las vendas, y otra vez la regresaron al cuarto. “Todo parecía una broma”, dice.

Salud e impacto en la economía familiar

Sin hijos ni esposo, Justina fue el único soporte para Bárbara, cuyo caso era bastante más delicado que sus cataratas. Eso significó que Justina tuviera que pedir permiso varias veces a la semana en las diferentes casas en las que trabajaba. Si apenas superaba el sueldo mínimo en su vida cotidiana, en los meses que siguieron a la enfermedad de su hermana tuvo una reducción muy alta de sus ingresos, con los impactos que ella genera. Luego de averiguar que solo faltaba una firma para sellar un convenio entre el SIS y el hospital y así contar con una máquina especializada, tuvo entre lágrimas que pedir a la autoridad encargada de ese momento que dé su visto bueno. Luego de ocho meses de obstáculos, Bárbara fue operada con éxito.

Justina reconoce que el SIS es un salvavidas para personas con escasos recursos como ella y su hermana, pero también afirma que falta mejorar los procesos para que no sean tan largos pues se puede morir en la espera. Margarita Petrera, especialista en temas de salud, comenta que el SIS abrió una compuerta sin organización suficiente para atender la alta demanda de peruanos en pobreza y extrema pobreza. En la actualidad, el 70% de los pacientes de los grandes hospitales del país pertenecen al SIS, refiere. “Si uno lo compara con el escenario anterior en que no había ninguna opción para la gente pobre, entonces puede estar bien, pero definitivamente no logra ningún estándar de calidad para ser un seguro efectivo y real”, comenta.

Si bien su presupuesto ha crecido en los últimos años, el futuro del SIS es incierto con el nuevo gobierno en camino. Ya este año se redujo de S/.1.700 millones a S/1.657 millones, pero lo más grave sería que la Ley de Presupuesto del 2016[iii] indica que desde el segundo trimestre, ya mismo, no podrán contratar personal por el régimen CAS. Una fuente del Ministerio de Salud le dijo al diario La República[iv] en noviembre del 2015 que eso significaba la no contratación de más de 9 mil médicos, obstetrices, enfermeras y otros profesionales de la salud.

Justina ha iniciado los trámites para su operación. No sabe cuánto demorará, solo tiene la esperanza que eso ocurra antes que acabe este Gobierno. Nuevamente, la carrera empieza desde el partidor para ella.

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